domingo, 10 de enero de 2016

Eugenia Simionato.

   
"....Dejar partir

lo que nunca ha venido.

Dejar que regrese

lo que siempre estuvo"
 


"Escribo poesía. Además soy psicóloga. Hace poco edité mi primer libro que fue creciendo en el taller que hice con el poeta Diego Muzzio. Me fascina tomar mate. Intento que no me salgan lavados. Desconfío de la gente que ceba mates tibios y sin espuma" Así se presenta a sí misma Eugenia. Su primer libro es 'La noche crece como un río solitario' que me llegó a mis manos y no pude parar de leer hasta terminarlo, para que una vez concluído vuelva a volcarme a sus versos nuevamente. Imposible no sentirme identificada ante sus sentimientos.


La poesía de Eugenia Simionato es un constante regreso al pasado. Un regreso a lo que dolió y aún late y nos marca en el cuerpo. Es sumergirse en lo que nos provoca insomnio en nuestras noches de miedo. Es mantener viva la llama de los recuerdos de los que ya no están, de sus experiencias lloradas y disfrutadas. Su poesía es increíblemente nostálgica, maravillosamente íntima. Es lo que las mujeres sentimos en muchos instantes de nuestra vida. Sus poemas marcan el camino de sus cicatrices, y a través de ellos la podés descubrír simplemente a ella. Descubrís lo que la persigue, todo lo que añora. Escribe a corazón abierto. Leerla es escarbar en sus secretos, en su infancia más profunda. Su niña interior aparece con cada poema, queriéndole recordar que todavía sigue existiendo muy, muy adentro....

Poemas de su libro "La noche crece como un río solitario".

El polvo acumulado entre tus cosas.
Guardo tus poemas

como si acaso pudiera liberarme

del polvo acumulado entre tus cosas.

¿Qué hago ahora con estos

restos que tiemblan como insectos

aplastados en la intensidad de lo breve?

Los libros que acariciaste

pronuncian tu nombre,

gimen como mujeres que te amaron

y que la distancia

vuelve aún más feroces.




Escarbo en los ojos de mi madre.
Recuerdo aquella foto

en la que estoy en brazos de mi madre

con una flor en la mano.

Algo resplancede en el cielo.

Aunque no lo sabemos

tenemos las dos el mismo gesto.

Pienso que mi madre

tuvo que alzar su infancia

para enseñarme que es posible

encontrar la belleza

en el liviano movimiento de una hoja.

Todavía escarbo en los ojos de mi madre,

como si puediera, a través de ellos,

volver a aquel jardín

y contemplar de nuevo

el breve parpadeo de la dicha.




La noche crece como un río solitario.
Voy a acomodarme

en el exacto espacio que separa

tu palabra de la mía.

La noche crece como un río solitario

y me pregunto:

¿Quién podría asegurar si no es tu ojo

o el mío

el pez valiente saltando

al otro lado del insomnio?






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